Durante años hemos repetido el refrán “no hay santo en qué persignarse” para expresar la pérdida de confianza en las personas y las instituciones. En educación superior, esa frase adquiere hoy una preocupante vigencia cuando observamos las deficiencias con las que muchos estudiantes llegan a la universidad y las dificultades que enfrentan para responder a las exigencias de un mundo cada vez más complejo.
Sin embargo, el problema no nace en las universidades. Estas reciben el producto de un sistema educativo que desde hace tiempo muestra señales de deterioro. Son cada vez más frecuentes las debilidades en comprensión lectora, redacción, razonamiento lógico y pensamiento crítico.
Muchos estudiantes avanzan por el sistema sin haber consolidado competencias que antes eran consideradas indispensables.
A esto se suma una tendencia cultural que merece reflexión.
En ese contexto aparece lo que popularmente se conoce como la “generación de cristal” (prefiero interpretar ese concepto como una generación que proyecta menor tolerancia a la frustración). No se trata de etiquetar injustamente a todos los jóvenes. Sería un grave error. Pero es que se ha extendido la idea de que el esfuerzo excesivo es innecesario, que toda exigencia resulta incómoda y que el fracaso debe evitarse a cualquier costo. Por fortuna existen miles de estudiantes brillantes, responsables y comprometidos. Pero también es evidente que algunos han crecido en entornos donde la frustración se evita y la disciplina pierde valor.
Las consecuencias aparecen en las aulas universitarias. Muchos prefieren los resúmenes al análisis profundo, los videos breves a la lectura completa y las respuestas rápidas al razonamiento crítico. Paradójicamente, son precisamente las habilidades de pensamiento crítico, resolución de problemas y comunicación efectiva las que hoy más demandan las sociedades modernas y los empleadores.
Frente a esta realidad, la universidad debería convertirse en el principal bastión del rigor académico. No obstante, el desafío se agrava cuando algunas instituciones reducen estándares y sustituyen experiencia por ahorro de costos.
Es cierto que toda persona debe tener una primera oportunidad laboral. También es cierto que entre las nuevas generaciones de profesionales hay gente con sólidos conocimientos teóricos, dominio de las nuevas tecnologías y una visión renovada de las disciplinas. Sin embargo, una cosa es incorporarlos como parte de un proceso gradual de desarrollo académico y otra muy distinta es convertirlos, desde el primer día de graduados, en los principales responsables de la formación profesional de cientos de estudiantes.
Un profesional recién graduado puede poseer excelentes conocimientos teóricos, pero difícilmente tendrá aún la experiencia necesaria para transmitir el criterio profesional que se adquiere enfrentando problemas reales durante años.
Esto no significa desacreditar a los docentes jóvenes. La academia necesita su energía, creatividad y dominio tecnológico. El problema surge cuando la experiencia deja de valorarse y se convierte en un aspecto secundario. La formación universitaria requiere un equilibrio entre innovación y trayectoria profesional.
La experiencia constituye un componente esencial de esa competencia docente; por sí sola tampoco garantiza la excelencia, pero constituye una ventaja pedagógica difícil de sustituir cuando va acompañada de actualización profesional.
Cada generación de estudiantes formada con escasa orientación práctica representa profesionales que deberán aprender en el mercado laboral aquello que debieron adquirir en las aulas universitarias. Y quienes pagan las consecuencias no son solo los graduados, sino también la sociedad que depende de médicos, ingenieros, abogados, administradores y educadores capaces de tomar decisiones responsables y competentes.
Por eso la discusión debe comenzar mucho antes de la universidad. En las escuelas donde se forman hábitos, en los colegios donde se desarrolla el pensamiento crítico, en las familias donde se aprende el valor de la disciplina y en las universidades donde la excelencia debería alcanzar su máxima expresión.
Porque cuando una sociedad deja de premiar el esfuerzo, la excelencia deja de ser la meta y la mediocridad corre el riesgo de convertirse en la norma.
Y entonces, más que nunca, sí hay santo en qué persignarse.


