¿SE PERDIERON LOS VALORES?

He recibido comentarios de estudiantes que aseguran que no se trata de que se hayan perdido los valores, sino que ahora los valores son diferentes. Que los principios, virtudes o cualidades que orientan la forma de actuar, pensar y sentir de las personas han cambiado, y que esos nuevos valores no son necesariamente malos.

Es un argumento interesante, pero creo que parte de una confusión. Una cosa es que cambien las costumbres, las formas de comunicarnos o la manera en que la sociedad enfrenta nuevos desafíos. Otra muy distinta es afirmar que los valores también cambian.

En la buena teoría, los valores funcionan como una guía interna para decidir qué es correcto, justo y bueno, permitiendo una convivencia armoniosa en la sociedad. Son principios fundamentales del ser humano; no dependen de la moda, de una ideología, de una generación o de un avance tecnológico. La honestidad no deja de ser honestidad porque estemos en el siglo XXI. El respeto no pierde vigencia porque existan nuevas formas de pensar. La responsabilidad no admite una versión “actualizada” que justifique la negligencia.

Sin embargo, hay quienes manipulan esos principios para satisfacer intereses personales. Utilizan la religión, la política o hasta el fútbol como instrumentos para obtener poder, prestigio o riqueza. Más grave aún, existen quienes construyen su bienestar aprovechándose de la ignorancia, la necesidad o la buena fe de los más vulnerables. Son personas que logran infiltrarse en empresas privadas, instituciones públicas, universidades y organizaciones de servicio social, convirtiéndose en verdaderos parásitos que prosperan a costa del esfuerzo ajeno.

Pero volvamos a los valores

Entre los valores personales encontramos la honestidad, la responsabilidad, la perseverancia y la humildad. En el ámbito social destacan el respeto, la empatía, la solidaridad y la tolerancia. En la familia y en la formación moral sobresalen el amor, la gratitud, la lealtad y la justicia.

Entonces me pregunto: ¿realmente esos valores desaparecieron? ¿O simplemente algunas personas dejaron de practicarlos? ¿Quiere decir que la honestidad de hoy significa algo distinto a la de nuestros padres o abuelos? ¿Que el respeto ahora permite humillar al diferente? ¿Que la responsabilidad consiste en buscar excusas en lugar de asumir las consecuencias de nuestros actos?

Definitivamente no comparto esa idea. Los valores universales no han cambiado; lo que ha cambiado es la disposición de muchas personas para vivir de acuerdo con ellos. Y cuando el significado de esos valores se relativiza o se tergiversa, se abre la puerta a la corrupción, al conformismo, al egoísmo y a la indiferencia. Poco a poco se normaliza lo que antes provocaba vergüenza y se celebra la astucia donde debería reconocerse la integridad.

No necesitamos inventar nuevos valores. Lo que necesitamos es recuperar el compromiso de vivir los que siempre han permitido construir familias sólidas, comunidades respetuosas y sociedades prósperas. Porque el problema no es que los valores se hayan perdido; el verdadero problema es que demasiadas personas han decidido dejar de practicarlos. Y una sociedad que renuncia a sus valores termina, inevitablemente, perdiéndose a sí misma.

¡Guanacaste! conservemos los valores que han caracterizado a esta provincia bendita.