La oscuridad en la maternidad

La maternidad es un proceso natural, sin embargo, complejo. Está traspasado por cuestiones culturales, sociales, familiares y personales, en donde se congregan aspectos reales y simbólicos, desde el dolor físico hasta la atribución divina por el misterio de la vida. Ha sido motivo de veneración en las culturas matriarcales, donde, además, se veneraba a las Diosas e incluso, hay quienes aseguran que se desconocía la participación del hombre en el proceso reproductivo, lo cual, también se cuestiona (Rodrigáñez, 2009) y ha sido motivo de desprecio, como en la civilización actual, donde priva el concepto de valor personal a través de la productividad económica, misma que se ve amenazada cuando uno mujer se embaraza y da a luz. No solo por ello, el proceso de maternidad y maternaje tiene su oscuridad sino por la implicancia psicológica del mismo.

También el pasado, cuando la medicina no había avanzado, la mortalidad materna e infantil era superior a la de nuestros días, por lo tanto, el embarazo tenía una connotación de amenaza, superior a la actual. Punto a favor de la medicina moderna. Es probable que filogenéticamente, se haya instaurado el miedo que acompaña todo proceso de maternidad: miedo a la muerte, al dolor, a lo desconocido, a la incertidumbre. Y que este miedo se haya visto, medianamente calmado, gracias a las máquinas, por ejemplo, experimentamos un alivio cuando escuchamos el latido de nuestra cría y una máquina nos dice que todo está bien. Y más aún, si la autoridad médica lo confirma.

Sin embargo, parte del proceso físico y aún más del proceso psicológico, sucede a oscuras, no podemos ver a nuestra criatura todos los días, apenas podemos sentir y ver con los ojos del corazón su crecimiento. Esto puede desatar pensamientos irracionales, sensaciones desagradables, emociones y sentimientos hasta ahora desconocidos para nosotras. El miedo, la desazón, la angustia, la tristeza, la desesperación, pueden aparecer de un momento a otro, sin motivo aparente y podemos incluso, ser presas del pánico. Aunque hayamos tenido más de un embarazo, aunque la medicina nos asegure que todo va bien: tememos. Y a ese temor hay que darle cabida para que no se convierta en un potente destructor de nuestra felicidad, si lo reprimimos hasta el punto que sea tan grande que nos ataque en el momento menos indicado.

Así que debemos estar listas y darle la bienvenida, tal como lo hacemos con la ternura, el amor, la esperanza y la alegría. Conscientes, además, que un embarazo nos vulnera, nos vuelve transparentes y nos transforma desde antes de ser confirmado, incluso químicamente. La mujer que concibe no es la misma que da a luz. En el proceso hemos experimentado un cambio físico y psíquico que a veces no percibimos, por el mismo temor a ser devoradas por él.

Sin embargo, el embarazo y el parto son experiencias únicas y exquisitas (aunque se vivan muchas veces) donde probamos nuestra fuerza, nuestra resistencia, nuestra entrega… conviene aceptar cada uno de los sentimientos como venga, sabiendo que son parte del proceso, que son válidos y que son valiosos. Muchas veces, nos muestran el camino. Es un proceso transformador que nos permite sacar a la luz, todo aquello que hayamos escondido, como por ejemplo dolores de experiencias pasadas, iras contenidas por falta de oportunidad de expresión, rencores porque nos hayan ofendido, etc., por lo tanto, es un proceso que nos vuelve más livianas y verdaderas. Aunque sintamos lo que preferimos no sentir. El embarazo es una invitación a ser valientes, una escuela emocional para nosotras y nuestras crías y el proceso más transformador, junto con los procesos adoptivos (dónde la cría, tenga la edad que tenga, se gesta y se da a luz en el corazón) que podamos vivir.

Mi apoyo y felicitación para todas las mujeres que están en ello.

Jacqueline CT, psicóloga.

Doula en proceso de formación.

Fundadora del Proyecto Garzas de Sol, mujeres cambiando el mundo.

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