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Lunes, 01 Marzo 2021 15:49

“Ser ceramista significa el aprendizaje que tuve desde niña, la herencia de mi mamá, de mis antepasados”

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  • Zeneida Trejos Rosales, artesana de Puerto San Pablo de Nandayure.

Zeneida Trejos Rosales es una ceramista tradicional de Puerto San Pablo, en el cantón Nandayure. Puerto San Pablo es un pequeño pueblo del golfo de Nicoya, ubicado frente a la isla Chira.

En esas tierras costeras de la provincia guanacasteca, el sol abrasa implacable cada día durante el verano. Pero, así como el sol es despiadado con la tierra, animales y pobladores; las noches frescas de luna llena son la más dulce recompensa.

Conversar con Zeneida también es una recompensa en un día de trabajo que parecía normal en el Centro de Patrimonio Cultural, en pleno centro de San José.

Modelado de sus manos surgió un precioso juego de café que trajo para exhibición al Centro de Patrimonio Cultural. El pichel, el chorreador y las tazas con sus platitos, son de color naranja, como si hubieran robado un poco del ocaso de ese sol abrasador. Así también es Zeneida, de piel dorada por el sol y rostro amable con pequeños ojos claros. Sus palabras expresan en diminutivos el amor por su trabajo, por su herencia y sus recuerdos.

Nella, como también le llaman, incorporó saberes ancestrales para extraer el barro, hacer la mezcla adecuada y moldear con sus propias manos objetos cerámicos utilitarios que se cuecen en hornos alimentados con leña. En esta tarea sus grandes aliados son el calor implacable del sol, así como la dulce protección de la luna. Comparte sus conocimientos con otras mujeres de la zona con el fin de generar recursos y, finalmente, de mantener viva una tradición en un poblado que otrora se dedicó con intensidad al quehacer cerámico.

Conversamos con ella sobre esta experiencia, sus saberes y anhelos como ceramista de tradición mestiza. Su historia se vincula a la de sus antepasadas y otras mujeres que actualmente ven en este arte una forma de llevar sustento a sus hogares. En el marco del Día Internacional de la Mujer por conmemorarse este 8 de marzo, presentamos esta entrevista a Nella en homenaje a todas las mujeres trabajadoras, quienes, además, mantienen viva una manifestación de la cultura, del patrimonio cultural inmaterial costarricense.

¿Cómo fabricó estas piezas? Cuénteme de la técnica, ¿cómo trabaja el barro?

Yo lo trabajo artesanalmente. Pongo la pelotita de barro, el molde que utilizo es -como quien dice- un platito, yo pongo la pelotita y ahí la voy moldeando a pura mano. Le voy agregando cordoncitos de barro y la voy tejiendo hasta que le voy dando forma de abajo para arriba, puramente así. Entonces, utilizo el olote para cerrar grietitas y adelgaza y me ayuda a detallar un poco.

Cuando ya terminamos, que ya es en la parte final, utilizamos un cuerito suavecito para hacer los bordecitos. Y después el proceso, ya ese otro día que está durita la pieza, que ya se puede manipular, utilizamos una punta de cuchillo viejo y desafilado para rasparle los paredoncillos y darle un acabado a pulir, a detallarla mejor, entonces, cuando ya hacemos ese proceso, le ponemos la orejita. De ahí, con piedra o con unas cascaritas plásticas que utilizamos, la pulimos y la pulimos, hasta darle brillito, ¿verdad? que queden bien afinaditas. Ya cuando está pulida vamos al sol y de último al horno.

El sol es indispensable, nos hace mucho bien el sol de allá [Guanacaste], porque tenemos que asolear tanto la leña, como las piezas. Entonces, las asoleamos y cuando están bien sequitas las metemos al horno. Cargamos los hornos con una cama de leña, ahí ponemos las piezas y le metemos fuego y hasta el otro día. Se quema toda la leña y ahí quedan las piezas con las bracitas dorándose hasta que coge ese color. Ya del horno salen listas. Lo que les unto es una cera para que vuelvan a retomar el brillito, porque con el calor del horno se tiende a opacar un poco, entonces con esa cerita le reanimamos otra vez el brillito.

¿Cómo logra que las piezas -las tazas y los platitos- le queden casi que iguales?

Si hago la primera la pongo ahí, entonces voy haciendo la otra comparándola a la par, para que me valla quedando más o menos parecida. Voy midiendo, más o menos, a que me queden parejas.

¿Para usted qué significa ser ceramista y tener toda esa tradición? Usted me habla de cómo utiliza el olote, el cuero… ¿todos esos saberes qué significan para usted?

Significa el aprendizaje que tuve desde niña, la herencia de mi mamá, de mis antepasados, que todos ellos la trabajaron. Significa para mí algo muy grande, de mucho valor. Yo lo valoro mucho, porque es -como quien dice- lo que mi mamá hizo durante años para ayudarnos y darnos el ser que tenemos, porque ella trabajaba con esto y nos daba el sustento, ¿verdad?, entonces, para mí representa mucho, tiene mucho valor.

¿Con qué frecuencia trabaja como ceramista?

De verano trabajo seguido, de corrido, más que todo. De invierno, por el clima, la lluvia y eso, entonces no trabajo, primero porque las piezas duran mucho para secarse, y después, que ocupo el sol para todo, para asolear la materia, porque el barro lo tengo que asolear, porque lo pilo en un pilón y lo cuelo para quitarle las raicitas, piedras y todo lo demás, para que salga nítido el barro. Entonces ocupo mucho del sol, y como no tengo un espacio suficiente donde mantener materia prima guardada, seca, entonces tengo que estar esperando el sol. Si yo guardo material sí puedo trabajar así, ahí las voy guardando y voy guardando, en un tiempo que haga solcito, pues, las saco a asolear y las cocino, pero trabajo más fuerte en verano.

¿De dónde obtiene el barro?

Ahí cerca, ahí mismo en Puerto San Pablo, ahí hay buen barro, de diferentes colores. Estoy trabajando este que es coloradillo, con ese nada más por el momento.

¿Cómo es que recoge el barro?

Para ir al barro yo tengo que esperarme a la luna, porque es con la luna, es como cortar madera. Hay que ir tres días antes y tres días después de la luna llena a arrancar el barro.

¿Cuál es la importancia de la luna llena?

Bueno, a mí me enseñó eso mi mamá, que si se va en otro tiempo las piezas se rajan mucho y aparte se pierde la beta del barro, -le llaman beta donde está el barro-. Se pierde la beta. Ella me enseñó todo eso, entonces yo soy cuidadosa de que solamente en ese tiempo. Son seis días: tres días antes y tres días después.

¿Cuál proceso le da al barro?

En esos seis días es que yo voy al barro, voy lo saco y lo asoleo, para que esté tostadito, bien sequito, para luego pasarlo por el pilón, lo pilamos y luego lo colamos, le sacamos raíces y piedrillas. Ese polvito lo mezclo con la arena del río, la arena más finita que hay en el río ahí cerca. Igual la colamos para quitarle hojas y palitos y lo que traiga la arena. Entonces, mido ambas partes por igual, digamos un balde de polvo de barro y un balde de arena. Eso lo mezclo. Voy agregándole agua hasta que quede de una textura que uno la pueda manejar, y ya por hecha la mezcla, empieza uno a trabajar la pieza.

Además de usted y su mamá ¿quiénes más fueron ceramistas en su familia?

Para atrás: mi abuela: Ildefonsa Pérez Fajardo y mi bisabuela; Teófila Fajardo; mi mamá Claudia Rosales Pérez; las tías: Josefa, Aquilina y Fabiana y toda esa generación.

¿Cree usted que se está perdiendo la tradición? [Inmediatamente contesta]: Si, sí, sí.

¿Lo ve usted en su propia familia?

En el caso de mi propia familia: de mi mamá, solo yo; y ya de mí, mis hijas: ninguna. Y si es por parte de mis otras tías: ninguna; o sea, de esta generación, solo yo.

¿Ha tratado de enseñarles a sus hijas y sobrinas? ¿Qué ha pasado?

¡Claro, claro! No les ha gustado.

¿Por qué cree que no, si a usted le gustó? ¿Qué falta?

No sé, yo desde pequeñita me enamoré de eso. Como toda niña normal jugaba mis ratitos, pero en ratos me iba para donde mi mamá a estar poniéndole cuidado [atención], cogiendo pelotitas de barro para hacer cositas pequeñitas para jugar yo misma de casita, haciendo sartencitos y ollitas y, entonces, a mí me gustó eso y las demás güilillas [niñas] que jugaban conmigo [me pedían]: “Haceme una, haceme una”, y yo se las hacía y entonces, para mí, a pesar de ser una güila de ocho o nueve años, a mí me gustó. Me gustó desde entonces y ya a mis trece años ya yo mandaba a vender piecitas con mi mamá a Puntarenas.

¿Con sus hijas no sucedió lo mismo, usted afanada y sus hijas a la par jugando a hacer piezas de barro? ¿Qué faltó? ¿Por qué no se repitió esa historia?

No sé. Tengo nietitos míos que están ahí cogiendo barro y jugando y haciendo cositas y se sienten felices, contentos [me dicen]: “Ay tita vea lo que me hice”, y yo los dejo a ellos que hagan, que jueguen, porque así aprendí yo; jugando. Entonces, tengo dos nietitos que veo les gusta mucho. Por esa parte yo quiero que ellos vayan creciendo con eso y ojalá poderlos incluir más para que se lleguen a enamorar, a apasionar, como me pasó a mí, porque de parte de las grandes ya no. Una de las hijas se involucró, pero fue por parte de un proyecto que se hizo allá [Puerto San Pablo, Nandayure, Guanacaste] con el Ministerio de Trabajo, que era pagado.

¿Usted vive de la cerámica doña Zeneida?

No totalmente, pero en gran parte, esta es mi mayor ayuda.

Cuénteme de su mamá, ¿dónde y cómo vendía su madre la cerámica?

Mi mamá venía a vender a Puntarenas, al mercado. Venía en lancha. Un señor del mercado le compraba a ella y él revendía.

¿Qué tan difícil es en estos tiempos vivir de la cerámica o, al menos, que sea un apoyo económico para la casa? ¿Es diferente a los tiempos de su mamá? ¿Cómo lo compara?

Difícil tal vez no tanto. Pienso que era más difícil antes porque mamá tenía que salir en panga o en lancha hasta Puntarenas, o iba allá, a los cerros de Nandayure a caballo. En una yegüita llevaba a vender esas cosas allá arriba. Ella utilizaba solo hojas de cuadrado [planta platanera] para envolver las piezas. Iban bien envueltitas, metidas en sacos, amarrábamos una piña a cada lado de la yegüita. Ella hacía esas alforjas y se las montaba a la yegüita y se iba con esa yegua cargada.

A la vuelta venía cargada para atrás, porque antes se usaba mucho el trueque, que si no tiene plata se lo cambio por otra cosa: frijoles, maíz, dulce, yuca, plátano… lo que hubiera. La gente allá cultivaba cosas, entonces ella cambiaba barro por esas cosas y volvía con la yegüita otra vez, para atrás, cargada. Y las que vendía en efectivo, pues traía platita. Ella ha sido muy valienta. Mi mamá ha trabajado mucho. Ella le ayudaba mucho a mi papá.

¿Cómo ve el futuro de este trabajo? ¿Cómo cree que puede desarrollarse?

Yo pienso que esto va a llegar a cobrar más valor, pienso que va a llegar a desarrollarse más. Yo tengo esa idea de que algún día pueda llegar a tener -como quien dice- una empresita donde tenga muchas personas trabajando y ganando ahí. Allá la zona es muy escasa de trabajo, poco trabajo principalmente para las mujeres, ¿verdad?, entonces yo me sueño con eso, con que llegue a tener un local donde haya muchas mujeres trabajando, donde llegue gente y compre y así, ¿verdad? Ahí pasa mucha gente para la isla de Chira.

Aún no lo he intentado, pero ahora que estoy trabajando con este grupo, esa es la intensión que tenemos, de buscar un local afuera, en la pista, para sacar a vender los productos.

Fuente: Producción de Centro de Patrimonio Cultural – MCJ.
Lizeth López V

Visto 186 veces Modificado por última vez en Martes, 02 Marzo 2021 16:16
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